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jueves, 8 de agosto de 2013

María Ugarte, entrevista histórica

Esta entrevista, escrita en forma de monólogo, fue publicada en el Suplemento “A Primera Plana” en 2001. Se reproduce en ocasión de publicar el IMPOSDOM una emisión postal en homenaje a su figura.

Santo Domingo.- Yo conocí a Rafael Herrera casi a mi llegada al país, en 1940. Trabajaba entonces con Julio Ortega Frier, una personalidad muy destacada. Cuando yo lo conocí era Rector de la Universidad. Fue quien reactivó ese alto centro de estudios. Al llegar los exiliados españoles, se integraron a la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras que había sido creada, pero no puesta en marcha. Yo trabaja específicamente en tareas de investigación histórica y después de haber pasado una temporada en Sosúa dando clases de español, vine a Santo Domingo a trabajar en la colección del Centenario de la República.
Entonces en Interior y Policía estaba Peña Batlle y me nombró en una comisión para trabajar con él. Yo recuerdo siempre muy interesante aquella comisión. Estaba formada por los más notables intelectuales del país. Se publicaron 19 volúmenes en 1944, y seguí trabajando dando clases y en el Archivo General de La Nación.
En esa época. Rafael Herrera era allí uno de los empleados, y como yo tenía conocimientos de organización de Archivos y Bibliotecas ya que había estudiado esa carrera en España, me propusieron que diera clases sobre esa materia, y Rafael Herrera fue mi alumno que se sentaba en primera fila porque tenía las piernas tan largas que era en esa posición donde podía estirarlas, no en segunda ni en tercera. Nos conocimos y fuimos muy buenos amigos.
Después comencé a trabajar en Relaciones Exteriores para hacer la colección Trujillo, que es una colección de documentos históricos de la República, así como algunas antologías muy buenas de literatura en prosa y verso. Tenía a mi cargo la organización del archivo y la parte de publicaciones. Ahí estuve hasta que el que era mi esposo entonces tuvo un problema político y renuncié.
Estuve varios meses dando clases particulares. Poco después salió El Caribe y nombraron a Rafael Herrera como Jefe de Redacción y de Director a aquel señor norteamericano que renovó el periodismo dominicano: Stanley Ross. Un día me encuentro con mi antiguo alumno, ahora jefe de Redacción de El Caribe, y me invita a trabajar con él.
Crímenes en los barrios
Mis estudios en España fueron de Filosofía y Letras, pero de periodismo nada. Tampoco había en las universidades españolas de entonces cursos de periodismo. Yo antes había colaborado en el Boletín del Archivo General de La Nación con artículos históricos, y en el periódico La Nación en su muy conocida página “Cívica”, donde publicaban también muchos de los españoles exiliados y firmas extranjeras.
Al entrar en El Caribe y presentarme a Stanley Ross, éste me preguntó qué experiencia tenía yo, a lo que le dije que era colaborada de La Nación y había publicado varios artículos en revistas y era especializada en historia. Y entonces él me dice que el simple colaborador no puede decir jamás que es periodista. Los colaboradores no son periodistas. Entonces me ponen a prueba, pero en un trabajo muy fuerte: ir a cubrir crímenes en los barrios altos de Santo Domingo. Yo lo hice porque necesitaba trabajar y lo hice.
No fui ni con carro ni con fotógrafo, pues en esa época el periodista trabajaba con más dificultad que hoy. Tuve que pagar mi carrito de concho para ir a cubrir la noticia.
 Entonces había un solo fotógrafo para todo el periódico. Era muy limitado el personal entonces. Estábamos en la calle El Conde número 1.

La primera y la única mujer reportera

Después de ponerme varias pruebas fuertes, el señor Ross entendió que yo tenía condiciones y me dejó. Yo entré como reportera. Era la primera mujer que entraba en la redacción de un periódico como reportera. En aquella sala enorme de la redacción de El Caribe todos eran hombres. Las otras mujeres que trabajaban allí era en áreas administrativas. Yo traté de demostrar que las mujeres podíamos hacer lo mismo que los hombres. Fue el 14 de abril de 1948.
No me sentí rara, sino con el interés de no quedar mal. Yo quería demostrar que las mujeres estaban capacitadas para cualquier cosa. Yo no estaba preparada en periodismo, pero sí en historia. Siempre digo que la historia y el periodismo tienen algo en común. Cuando los periodistas somos historiadores somos más cuidadosos en investigar los antecedentes que el periodista que no tiene esa preparación. El periodismo gana mucho si la persona que trabaja con él es historiador.
La mayoría de mis compañeros eran muy colaboradores. Siempre había algún que otro machista que decía “¿qué hace una mujer aquí?”, pero eran los menos.
Antes del año Rafael Herrera sale de la jefatura de Redacción del Caribe por razones políticas y pusieron como director a Anselmo Paulino, uno de los hombres de Trujillo, y me hicieron algunas preguntas un poco desagradables, como que si prefería la anterior dirección a ésta... pero como mi respuesta sólo mostró un interés profesional, continué en mi puesto.
Entró el doctor Ornes como jefe de redacción y nos entendimos muy bien, me nombró su ayudante, lo que quería decir que cuando él no estaba yo tenía que asumir bastantes.
Entonces me dieron para que yo llenara, diariamente, la llamada página escolar. Eso me daba la oportunidad de ofrecer colaboraciones a los muchachos de bachillerato. Me iba a todas las escuelas a buscar colaboraciones y la trabajé con un interés extraordinario. Llevé a colaborar allí a un grupo de muchachos que formaban entonces la llamada Generación del 48: Lupo Hernández Rueda, Abelardo Vicioso, Víctor Villegas, Máximo Avilés Blonda, Rafael Varela Benítez y otros. Después ellos pasaban a la página literaria. Avilés Blonda fue mi gran ayuda.
Así estuve hasta 1950 en que me casé y me alejé del periodismo hasta la muerte de mi esposo en 1966. Ornes fue a darme el pésame y entonces él me preguntó que si yo quería volver. Volví a El Caribe en calidad de directora del suplemento. Cuando yo lo cogí el suplemento era el depósito de todos los sobrantes del periódico y yo lo transformé. Pero nunca dejé de trabajar en el periódico diario, tanto en temas culturales como arquitectónicos, como en campañas.

Era de Trujillo

Cuando ocurre el desembarco de Maimón y Estero Hondo fueron días muy tristes para mí porque sentí la muerte de tantos revolucionarios. Fui personalmente con Ornes a ver los cadáveres, pues él creía que entre los muertos estaba su hermano, y su hermano no había muerto. Y todas aquellas tensiones eran muy fuertes porque no era fácil hacer periodismo en la era de Trujillo, cualquier desliz, un elogio a un enemigo de Trujillo, ya era un problema.
Decirle a alguien Don aquí es sólo para las personas mayores, y a mí me decían doña siendo joven y hasta se tuteaba a las trabajadoras de la casa. Eso me gustaba mucho: 50 años atrás, yo era joven, pero todos me llamaban Doña María. Ornes, hasta antes de morir me llamaba así. Era una forma de ser respetada. Eso me gustaba mucho. Yo nunca le di confianza a nadie. Nadie me llamó nunca por mi nombre a secas. Me sentí muy apoyada por todos. Yo llegué muy natural, sin estridencias de ninguna clase. Y no me vieron ni como mujer, ni como española, sino como una compañera más, haciendo mi trabajo y respetando el de los otros; y si podía ayudar, ayudaba.
Salarialmente ganaba lo mismo que los hombres. En aquel momento el salario no era muy alto. Pero al ascenderme a ayudante de Ornes, me aumentaron y ganaba más que los hombres. Por eso no puedo decir que me haya sentido discriminada jamás. Me daban los trabajos interesantes del periódico, es decir, no me dejaban lo que nadie quería y las sociales. Los hombres jóvenes hacían las sociales.
Ya cuando volví en 1966, había varias mujeres periodistas y recuerdo que un compañero me dijo: “Nunca pensé ver mujeres periodistas y sucede que las mujeres son mejores que los hombres”.

Remembranzas


Yo vine a República Dominicana como refugiada, porque no tenía para donde ir. Estaba casada entonces con Constant Brusiloff, un ruso que venía también exiliado de España. Yo vine con mi pequeña hija Carmenchu.
Tuve la mala suerte de llegar después de todos los españoles. Por eso todos los trabajos que podía realizar ya estaban cubiertos. Imagínese a mil personas de golpe en un país pequeño como éste. Cogieron a un grupo y nos enviaron a diferentes puntos. Nos enviaban a unos campos, yo viví cuatro o cinco meses en la colonia Medina, pero pude salir adelante gracias a la gran generosidad del dominicano.
La familia Piantini me acogió en su propia casa mientras mi esposo se quedaba en Sosúa. Y ellos fueron los que me contactaron con Julio Ortega Frier. Por eso fue que decidí quedarme y no partí a otros países como lo hicieron muchos de mis compatriotas. Había una tiranía tremenda, es cierto, pero la seguridad que encontraba entre las gentes me hizo quedarme; eso compensaba. Me sentía muy bien con los dominicanos. Yo no hacía vida con la colonia española, sino con los dominicanos. El dominicano, sin ser rico, ayuda a los demás.
El periódico atrae mucho. Es un vicio y se aguantan muchísimas cosas. Es de las profesiones más difíciles. Mientras una lo ejerce, no puede tener siquiera un plan de vida privada, pero produce una gran satisfacción.

LA ESTAMPILLA CONMEMORATIVA

El Instituto Postal Dominicano en la persona de su Director Modesto Guzmán y su Consejo de Directores auspiciaron la puesta en circulación de un sello postal que universaliza para la posteridad la figura de doña María Ugarte.
La emisión, con una tirada de 30 mil ejemplares y un precio es de RD$33.00 pesos cada uno y RD: 43.00 el sobre conmemorativo del Primer Día de circulación, se encuentra a la venta en las ventanillas filatélicas del IMPOSDOM.

Silvano Lora, un legado que parece perdido

El artista mantenía una activa vida cultural en apoyo a los artistas y a las nuevas generaciones y actualmente la Fundación que lleva su obra ha preparado una exposición antológica en Bellas Artes

Santo Domingo.- Cada sábado, muy temprano en la tarde, él salía de su casa rumbo a la calle El Conde. Lo acompañaban su esposa Mariana y su pequeña hija Quisqueya, cargados de lienzos, pinceles y latas de pintura.
Los tres residían en la barriada de Gascue y, para entonces, él ya poseía una “guagua” marca “Lada”, la que consideraba como su trofeo de guerra, pero no la usaba para esos recorridos.
“El Conde está cerca de casa y caminar es bueno para la salud”, decía como excusa, pero todos sabían que aquella era una verdad a medias. Silvano Lora era un defensor del medio ambiente que se negaba a regar por la ciudad residuos de monóxido de carbono. Además, no le gustaba ostentar. Era enemigo de que las gentes de a pie, por quienes él luchaba, lo vieran disfrutando las veleídades de andar en cuatro ruedas, mientras ellos tenían que pagar el concho.
Otro de sus propósitos era no acostumbrar a su familia a gozar de privilegios. Por eso salían cada sábado andando bajo el sol. Al verlo pasar, las gentes sabían a lo que iban aquellas tres personas y muchos los seguían. Los esperaban en determinados puntos del trayecto, y unidos formaban una pequeña caravana cultural rumbo al final de la vía peatonal, en la esquina colindante a la calle Arzobispo Meriño, a un costado del Palacio Consisitorial.
Una vez allí, el artista comenzaba a armar el escenario. levantaba un gran lienzo, de extremo a extremo de la calle, donde instante después comenzaba a dibujar con su pulso a prueba de balas. Mientras lo hacía, poetas, trovadores, actores, bailarinas difundían sus trabajos ante el centenar de personas que dejaban a un lado sus paseos y compromisos para integrarse a ese inolvidable acontecimiento.
Esa efervencia sucedía mientras finalizaban los años 80 y nacían los noventa. Silvano también inyectó en el país su efervescencia cultural. Eran tiempos en que Juan Bosch organizaba su propia Tertulia en plena calle, frente al local del Partido de la Liberación Dominicana, y además asistía a los encuentros semanales en casa de Natasha Sánchez y en el hostal Nicoláas de Ovando.
Las tertulias de Silvano al aire libre, se correspondían con su idiosincracia transparente. Todos sus actos y propuestas se exponían a la luz del sol y no eran patrimonio exclusivo de nadie. Los viernes en la noche, en su taller de la calle Santiago, el artista celebra sus tertulias con pintores e invitados, donde conversaban sobre arte, política y locuras. Pedro Mir tenía fijo su sillón.

La juventud

Silvano Lora siempre andaba rodeado de artistas e intelectuales jóvenes, sobre todo de aquellos sin nombres sonoros. Muchos de ellos hoy tienen una obra y una formación envidiable y otros aprendieron a conducirse y triunfar dentro de una sociedad diseñada para crecer bajo intereses mercuriales. Al artista le llamaba la atención la sangre joven, la creatividad y el deseo de trabajar bajo cualquier circunstancia. Fue un buen maestro. Pero también un buen alumno. Mientras enseñaba, él también aprendía de esas nuevas generaciones.

Ferias del Libro
Cuando este evento todavía no respiraba aires internacionales, a Silvano nunca le falto un pequeño espacio para levantar “su tienda de campaña”. A mitad de la escalera que conducía a la segunda planta del Museo del Hombre Dominicano, era fácil hallarlo en compañía de su familia, ya bien vendiendo sus dibujos, monedas antiguas o reproducciones de aborígenes que él mismo recreaba. Allí, el espacio de Silvano era un espectáculo inolvidable. A cada visitante, aunque no comprara nada, lo instruía sobre el arte taíno y las tradiciones nacionales. La gente preguntaba siempre por él y disfrutaban de sus conocimientos y exposiciones.
De los tantos episodios e iniciativas que nos legó (Festival de Cine de Santo Domingo, Festival de Cine Pobre, Bienal Marginal, Murales al aire libre, Exposiciones de Jóvenes valores, decoración de restaurantes y negocios con obras de artistas dominicanos y Museos Populares, entre otros) quizás su rasgo distintivo se pueda descubrir alrededor de su personalidad franca, no manipulable y unitaria.
El pintor creía en el deber de la unidad alrededor de proyectos culturales, sin importar ortodoxias. Le gustaba sumar, con sus colegas, amigos y voluntarios vinculados a sus proyectos. Su propósito de crear una gran familia entre los dominicanos no tenía condicionantes ideológicos, sobre todo los vinculados a su filiación marxista. Sus enemigos veían en él a un fantasma. Pero su pueblo supo descubrir al ser humano.
Hoy, la fundación que lleva su nombre no encuentra dolientes para conservar su legado, ni las autoridades se prestan a asumir compromisos de restaurar aquellos proyectos en peligro de destrucción. Por el contrario, obras tan importantes como la Casa de la Cultura-Museo de los Ríos se encuentran solo al amparo de Dios.

La exposición actual en Bellas Artes
Doña Marianne de Tolentino, con su luz larga y espíritu de altura, acogió el proyecto de la Fundación Silvano Lora. Ofreció los salones de la Galería de  Bellas Artes para albergar una exposición retrosctiva con algunas de sus obras, patrimonio de la entidad que lleva el nombre del artista. La muestra, curada por la propia doña Marianne, se encuentra abierta al público durante el presente mes de agosto.
Los visitantes podrán disfrutar un conjunto de obras que contienen algunos elementos fundamentales que han carterizado la obra de este maestro de la pintura dominicana como pueden ser la policromía, los elementos surrealistas y el uso de varias técnicas dentro de una misma obra y, sobre todo, la profundidad de su discurso ético.
Esta es exposición que no debemos dejar de ver. Ojalá la acojan también otros centros culturales públicos y privados de la capital y de las provincias.