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sábado, 15 de marzo de 2014

Conducta


Luis Beiro
luis.beiro@yahoo.com

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Los dos largometrajes de ficción de Ernesto Daranas (La Habana, 1961) hacen diana en el lado oscuro de la vida cubana de hoy. La primera de ellas, “Los dioses rotos” (2009), desafió códigos morales. Su pretexto fue traer al presente un clásico del teatro cubano, “Requiem por Yarini”. Con ella como pretexto, Daranas demostró que el “chulo” cubano no ha muerto y que en los barrios habaneros perviven sentimientos humanos que superan, en tiempo y forma, la personalidad del que se aprovecha de los ritos religiosos para imponer su poder y sus códigos morales sobre los demás.
El “chulo” que presenta Daranas en su primer largometraje de ficción difiere sustancialmente  al que se ha trascendido en la tradición cubana pre revolucionaria. Ese personaje que campea por las calles habaneras de hoy  es todo  un señor empresario moderno. Y actúa como tal, sin olvidar las prácticas de clientelismo, soborno, corrupción, tráfico de influencias y crímenes que entraña “el ejercicio de su cargo”, sin nada que envidiarle a cualquier político de turno. Actúa a la sombra de la ley, pero amparado por las élites del poder porque, a fin de cuentas, ese poder se sirve de personajes de su calaña para controlar cualquier tipo de efervescencia social.
Su segundo filme, “Conducta”, se acaba de estrenar en las salas habaneras. Y según me cuentan, el público abarrota los cines, aplaude determinadas escenas y, como si una vez fuera poco, visiona la cinta dos, tres y hasta cuatro veces, como para que no se le olvide ningún detalle. Según publica Yusimi Rodríguez en Diario de Cuba: “El Yara ha sumado una tanda más a las ya habituales, y en cada una, la sala se ha llenado más que en la anterior.”
En relación a esta película debo decir que estamos frente a una producción cinematográfica a secas. No importa lo rudimentario de su técnica, pues “solo pedantes y bribones se la sacaran en cara”. Los directores cubanos deben hacer sus obras “arañando la tierra”, sin un mercado que los apoye, sin una publicidad interna que invierta en su realización y con un personal técnico brillante, pero muy mal pagado. Sin embargo, lo hacen bien. Se diría que demasiado bien si tomamos en cuenta el contexto sociopolítico en que se desarrollan.
“Conducta” es una cinta con muchos bemoles, demasiados. Sus valores extra cinematográficos no son inferiores a los artísticos. En ella se respira cine, un cine convencional desde el punto de vista de su puesta en escena, pero inmenso en su discurso; un producto de calidad, muy bien dirigido, con un guion valiente, de factura perfecta, con un reparto de primer nivel y una fotografía que reitera la mayoría de edad del cine cubano. Es una obra donde “ciencia” y “técnica” se dan la mano en matrimonio armonioso. Tal vez esa sea una de las causas de su aceptación unánime.
 
Voy a apartarme del debate ideológico para comentar esta película cubana. Los problemas de las ideologías (o lo que ellas ponen en juego) no son de forma, ni de fondo. Pero sí son portadoras de un virus de identidad. Algo así como una especie de hipnosis que transforma al ser humano en “algo”. Y ese hombre, que solo mira el bien de los demás a partir de su propia perspectiva, pierde la noción de integralidad, es decir, juzga a quienes lo rodean sin tomar en cuenta sus puntos de vista individuales, sus principios de libertad, la facultad de disentir, de expresarse, de entender a sus semejantes y de respetar los derechos ajenos y humanos.
La película “Conducta” tiene un discurso ético donde se enfrentan lo políticamente correcto con lo académicamente correcto, a pesar de que los personajes en conflictos, puedan compartir o no la misma ideología.
La tragedia de los niños Chala y Yeni no es más que el telón de fondo de una Habana en ruinas; una Habana donde los niños mal visten, mal comen, mal hablan y mal piensan. Ese es el contexto que escoge Ernesto Daranas como centro de su historia. El filme puede leerse a partir del enfrentamiento de dos personajes, la maestra Carmela y la inspectora Raquel. La primera (representada por una depurada actriz llamada Alina Rodríguez, y la segunda, encarnada con acertada discreción por Silvia Ávila). Los parlamentos de ambas mujeres provocan flujos de conciencia que responden al desgarramiento interior; una joven funcionaria impotente por no poder aplastar a una veterana profesora con sus lecciones de burocracia e insensatez (Raquel) y la otra (“rosca izquierda”) por encontrar siempre las reflexiones humanísticas necesarias para rechazar las pretensiones oficialistas. Ese dueto actoral alcanza momentos de lucidez que obligan al espectador a vincularlos con sus perspectivas éticas.
Daranas provoca un juego de contrastes con sus personajes, sobre todo cuando ese aparente debate de deberes e inconductas crece en forma de arte. El ejemplo no puede ser más aleccionador: se enfrentan la rancia ortodoxia que promueve un personaje joven y la lucidez y la razón de una veterana. Es decir, ideas viejas en mentes jóvenes e ideas jóvenes en personalidades a punto de pasar a mejor vida.
Dentro del filme, se aplauden frases que habrían sido consideradas subversivas en tiempos de pasión verde olivo; otros las refieren como derivaciones propias de un ludismo mimético. Sea como fuera, lo importante es que el careo de ambas protagonistas, es un recurso de Daranas para hacer temblar a un espectador consciente de que, entre ellas, no habrá reconciliación. La rigidez de esos enfrentamientos tal vez pueda achacársele a Daranas como un exceso de coloraciones en la conformación de ambos personajes que, a fin de cuentas, quedan encasillados dentro de su propia certidumbre, recreando el pasivo enfrentamiento entre el bien y el mal que, a lo largo de la historia del cine, no solo ha dejado propuestas lamentables.
No estoy hablando de actuaciones, sino del propósito que persigue la película con esas actuaciones porque, a pesar de los aplausos delirantes, el filme pudo haberse enrumbado por trillos mucho más enyerbados, donde no solo se balbucean estados de ánimo  o de opinión, sino donde la batalla sonara tan duro como las letras que salían de la vieja maquinilla de escribir de la maestra Carmela cuando redactaba, con elegancia y gallardía, su “testamento”, exigiendo no el retiro, sino la expulsión del magisterio que había ejercido de manera ejemplar por casi cincuenta años: “mucho menos tiempo que el que llevan en el poder los que gobiernan el país… ¿no parece demasiado?”.
La repercusión emotiva de esta obra no tiene discusión. Como tampoco su rol de válvula de escape para una sociedad que, dentro de la sala oscura, puede gritar y aplaudir a espaldas de personajillos que, como la inspectora Raquel, todavía son “gentes” en las calles habaneras.
Su ritmo es impresionante. Podría compararse con la intensidad de una búsqueda implacable en medio de la nada. Desde que se inicia el filme con imágenes de la profesora Carmela leyendo su propia “sentencia”, el director se dio a la tarea de otorgarle a su película un dinamismo irreversible. Para ello, escribió un guion lleno de simbolismos legibles, sonoros y cercanos a la cotidianidad antillana como el vuelo de palomas, el ladrido de perros, el correr de autos, trenes, carretas, bicicletas, triciclos, así como ese ronroneo citadino, la indócil inestabilidad y el fragor dentro de una escuela donde la maestra es algo más que una simple trasmisora de conocimientos. 


Ese simbolismo no excluye ni subvierte. Puede llegar en forma de contrastes (peleas de perros/ vuelo de palomas) o con imágenes  violentas (peleas de perros/riñas infantiles/juegos/nados) siempre en función del desarrollo de la historia. Daranas enriquece sus contrastes dentro de las cuatro reglas que definen la conducta de un niño y que se encarga de poner en boca de Carmela: “casa-escuela-rigor-afecto”. La ausencia de estas categorías provoca el estallido social de personajes como el niño Chala, protagonizado por Armando Valdés quien, por su fuerza interpretativa, nos recuerda, salvando las distancias e intenciones al entonces infante español Juan José Ballesta en el memorable film de Achero Mañas “El bola” (2000).
Daranas se esmeró en la conformación de su protagonista, llenando de claroscuros su presencia en la pantalla. Chala, sin un padre conocido y con su madre adicta, es el “que lleva los frijoles a la mesa de su casa” ejerciendo oficios como cuidador de perros de pelea, “coleccionista” de palomas y jugador de la lotería: Esas son las únicas oportunidades que le brinda la sociedad en que vive.
La personalidad histriónica de Valdez es tan fuerte que convence con sus maneras de sufrir, llorar, pelear, responder y codearse con gentes de todas la calañas. Lo mejor de todo es su buen corazón que no se cansa de buscar cariño y protección, en su caso, en la maestra Carmela. Además de ser maltratado e incomprendido, su sincera necesidad de afecto no es correspondida por quienes forman parte de su entorno. En otras palabras, el vive como adulto sin dejar de ser niño.
Sin llegar a las excelencias de Valdés, el personaje de la niña Yeni, interpretado por Amaly Junco es conmover por la tragedia que arrastra y que trata de disimular inútilmente, porque ya es un secreto a voces: ser Palestina. Esta es una simpática forma cubana de nombrar a quienes se atreven a violentar la ley que impide a los habitantes de una provincia que se trasladen a otra sin permiso estatal. Yeni y su padre son asediados por la policía, y tienen que acudir al soborno para poder quedarse a malvivir en un bajareque en ruinas... hasta un día en que el pobre hombre “tenía los bolsillos vacíos”.
“Conducta” se estrena a principios de 2014, cuando el cubano vive el día a día, sin importarle mucho la luz que llegará con el nuevo amanecer. Pocos años atrás, algunos esquemas han caracterizado tres propuestas cubanas con niños actores. Películas como “Viva Cuba”, “Habanastation” y “…sin Embargo” han sido protagonizadas por el grupo de teatro “La Colmenita”, institución que le ha dado la vuelta al mundo como resultados de la generosidad gubernamental. No les restamos a esos infantes ni ápice talento, ni atacamos a los valiosos directivos de esta agrupación. La maquinaria estatal “presiona” y hay que estar dentro de la isla, haciendo cultura, para saber el precio que se tiene que pagar por ello. Y al igual que el final del filme “Viva Cuba”, esos niños ya no tienen para dónde escapar.
Se pudiera decir que Ernesto Daranas ha logrado una obra donde se puede ver el mundo de la sociedad cubana a partir de la experiencia de un niño y los conflictos que inevitablemente le vienen encima por lo que se mueve a su alrededor.
Porque su cinta no es una historia para “disfrutar” en una sala de cine tomando Coca cola, sino un pedazo de realidad arrancado del corazón de una ciudad, copiado por una cámara indiscreta.
El filme puede tener también otra lectura. “Conducta” por mucho que se centre en las tribulaciones de cuatro personajes (Carmela, Raquel, Chala y Yeni), no es un relato explosivo en el sentido lineal de la palabra. La mirada del director sobre los graves problemas que afronta la educación escolar en Cuba se capta de una manera protagónica, resumida en el enfrentamiento entre utopía y razón. Por eso la cámara no se preocupa tanto por buscar exteriores, sino por sacar del alma humana la amargura y rabia acumulada.
El recurso del close-up para mostrar estados emocionales, así como la ausencia de clichés en el perfil socio cultural, no es una pieza más dentro de un juego de imágenes en movimiento. El discurso literario, filosófico y artístico que se mueve detrás de esta película (elaborada con un muy reducido presupuesto) ofrece una visión alternativa donde cada escena podría interpretarse como una ilustración de la anterior. Es decir, como un espiral que desata la rebeldía interior que persiste  en unos personajes que están convencidos de que dentro de la isla hay cosas que cambiar, desde hace mucho tiempo.
La profesora Carmela, a todas luces, la heroína, está trabajada con el propósito de trasgredir. Su cuestionamiento a la filosofía oficialista no parte de una militancia política adversa al régimen, sino de su sentir como ser humano. Ella no tiene límites a la hora de cruzar esas trasgresiones porque, en definitiva, sabe quién es y no está dispuesta a ceder ni un ápice en sus puntos de vista aunque ello le pueda costar algo más que su empleo.
La decisión del director de otorgarle a su obra un final abierto, memorable, preparado para que la inteligencia del espectador se dirija no a la búsqueda de soluciones inmediatas, sino a la reflexión de los graves problemas que puede confrontar una sociedad que alguna vez en su historia decida seguir los rumbos de un régimen totalitario, es un rotundo golpe de éxito.
“Conducta” es cine por los cuatro costados. Cine pobre, pero nunca pobre cine. Más claro, ni el agua. No busque en ella el censor los fantasmas que no existen.

Ficha técnica.
País: Cuba. Año: 2014. Dirección y guion: Ernesto Daranas. Duración: 100 minutos. Reparto: Alina Rodríguez, Armando Valdés, Yuliet Cruz, Amaly Junco, Miriel Cejas, Tomás Cao, Héctor Noas, Aramis Delgado y Silvia Ávila. Sinopsis:  Un niño de once años (con un supuesto padre preso, vive con su madre adicta), entrena perros de pelea para buscar un sustento económico. Carmela es su maestra de sexto grado y el niño siente por ella un gran respeto; pero cuando ella  se ve obligada a abandonar el aula por un tiempo, las cosas camban y el niño es trasladado a una Escuela de Conducta. A su regreso, Carmela se opone a esta medida pero este compromiso pondrá en riesgo a ambos personajes.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Guillo Pérez: “Este pueblo mío me ha querido desde que nací”

“MI ESTILO SE LLAMA COMO YO, GUILLO PÉREZ, Y NO SE PARECE AL DE NINGÚN OTRO”

Guillo Pérez en sus inicios.
Luis Beiro
Santo Domingo

Listín Diario. Julio, 2008

Su esposa actual, Amalia, es una mujer que respira altura no sólo por su elegancia al vestir ni por el esmerado trato al visitante. Ella sabe descubrir en la intensidad de los pequeños ojos azules del maestro, el rigor de su decir.
Ella no sólo es la madre de sus cuatro últimos hijos, sino también su colaboradora más cercana. En los últimos años lo ha visto mancharse una y otra vez en taller como aquel muchacho que por los años cincuenta pintaba la imagen de las Águilas Cibaeñas en banderolas, cartulinas y maderos para ganarse la vida. Ella, además de esposa, es su confidente y amiga. Ella es la mejor anfitriona y la que hizo posible este encuentro.

Guillermo Esteban Pérez Chicón, mocano de nacimiento, primo y alumno de Yoryi Morell, me esperaba con su guayabera azul y su rostro curtido por el rigor de una lejana juventud llena de incertidumbre que le obligó a carestías y sacrificios personales con tal de abrirse una ruta por sí mismo.

Infancia y adolescencia
Guillo Pérez, el único varón de una familia de ocho hermanos, aprendió el arte de su padre, Francisco Guillermo Pérez Tavárez (Fan) un trabajador eventual que se las ingeniaba durante los doce meses del año en “inventárselas” para sobrevivir.
“No me puedo olvidar que él convirtió mi casa en un pequeño taller y tenía como compañero de oficio a un carpintero llamado Antonio Rodríguez. Ellos me enseñaron a hacer objetos de madera que luego yo llenaba de colores con  pintura de aceite y los llevaba a vender por las calles de Santiago. Pero antes de esa experiencia, mi padre instaló en mi casa una fábrica de dulces caseros gracias a la cual mantuvo a la familia por varios años”.
Su padre también era aficionado a la música y entre sus artistas favoritos estaba el compositor santiaguez Gabriel del Orbe quien años más tarde se convertiría en su maestro.
De esa experiencia Guillo aprendió el valor del “picoteo” para poder vivir con cierto decoro una sociedad donde los empleados tienen sueldos de miseria. Vive convencido que “Aquí, el que no vive del “picoteo”, se muere”.
Mientras me habla de su infancia en Santiago de manos de su madre vendiendo todo tipo de objetos, pintando en letreros, carteles y pegando anuncios y propaganda comercial en las paredes, no puedo ocultar mi respeto hacia ese hombre que a pesar de ser un triunfador no ha perdido su aire campesino, como tampoco lo perdió su pintura.

Guillo Pérez con Salvador Allende

El artista
Guillo Pérez mira a los ojos de su interlocutor tal y como lo hacen las personas que no tienen nada de que arrepentirse. Y mientras me confiesa de su formación autodidacta descubro en él el orgullo por cada una de sus obras realizadas:
“Mi primer cuadro lo vendí a la Galería Auffant en Santo Domingo por cuatro pesos. Esa institución después se convirtió en mi representante y a ella le guardo eterna gratitud por haber confiado en mi. Yo soy de la galería Aufant. Allí conocí a Justo Liberato, quien desinteresadamente me acredita en el mercado del arte y me hacía los contactos para que yo pudiera vender mis cuadros cuando yo venía a la capital los fines de semana. Hoy mis cuadros tienen un precio estándar de 300 mil pesos, según el tamaño. Yo no he dejado de pintar nunca, hay cuadros que se me han complicado en terminar y se han demorado más tiempo del debido, eso es común en el arte, pero como promedio yo terminaba unos 3 cuadros al mes. Hoy tengo mi galería y mi escuela, la cual atiende mi hijo Willy Pérez que salió pintor como yo. Con el paso de los años, he dejado la docencia, pero a mi me gustó dar clases porque a pesar de ser autodidacta en materia de pintura, siempre fui profesor, primero en la Escuela Nacional de Arte y después en mi propio centro docente. Me encanta enseñar. Creo que trasmitir a los demás lo que uno sabe es la mayor satisfacción de un artista. Me gradué en Santiago en nivel básico y medio, así como de la Academia de Yoryi Morel. En 1942 fui al seminario Padre Fantino, en el Santo Cerro de La Vega, pero abandoné esos estudios porque mi verdadera vocación era la pintura”.

Un pueblo heroico
Guillo Pérez vive orgullo del coraje de su pueblo: “Este es un pueblo luchador, de temple y de dignidad, no hay otro pueblo como este”.  Me relató su experiencia en la Guerra de Abril, cuando vivía en la entonces en la calle Santomé 136, en plena zona constitucionalista. Su fusil entonces seguía siendo el pincel, pero salía todos los días a vivir la experiencia de ver a su pueblo resistir heroicamente: “Eso fue tremendo. Nadie se imagina lo que pasó allí. Vi mucha muerte y destrucción. Andaba de un lugar a otro y de todo lo más me llamó la atención era el optimismo de la gente, y después, la forma en que enfrentaban a las tropas invasoras. Vi a un pueblo valiente, desgarrado, sufrido, sin un centavo. Yo estaba en la guerra de curioso. Yo no fui guerrillero, ni soy guapo, ni soy matón. Yo andaba por ahí, por el malecón, viendo los horrores de la guerra y los expresaba con mis dibujos, con mis pinceles y mis colores. Fui siempre un gran espectador de la vida para poder contar los momentos en que he compartido con mi pueblo y con las gentes importantes”.
Me habla con el mismo acento con que saludó al precedente Salvador Allende en el Palacio de La Moneda.  Ahora sus ojos me recuerdan la ciudad de La Habana, donde fue recibido “como un príncipe” y donde pudo almorzar con Mariano Rodríguez, otro grande la pintura caribeña que, como él, trabajó el tema de los gallos. En ese viaje, sostuvo un encuentro con el presidente cubano Fidel Castro, quien fue hasta donde él estaba y lo felicitó. Le dijo que le había caído muy bien, que le gustaban sus cuadros y su cara se correspondía con la de un poeta y le dijo que él se sentiría muy orgulloso si hubiera sido un artista de su categoría.
“Los gallos son un elemento que se incorporan después a mi pintura, pero no es el tema central. Mi verdadero eje temático es la caña de azúcar con el ingenio y todo lo que tiene que ver con la zafra. Mi raíz como artista es campesina y está en el mundo azucarero. Tengo ese universo de sabiduría del campo cibaeño que ensayé después con Yoryi Morel. Aunque yo era un autodidacta, nunca dejé de estudiar”.
Y en realidad no miente. Lo que pasa es que en determinada etapa de su carrera, tal vez la que inició su despunte internacional estuvo marcada por su magia creativa alrededor de la figura del gallo. Sin embargo, el grueso de sus símbolos se encuentran entre los elementos del cañaveral. Ahí, el maestro es mucho más distintivo y electrizante. Lo mismo que en las palmas y paisajes agrestes. Guillo Pérez no es un pintor urbano a pesar de que en su obra se reflejan ciertas experiencias de las calles y casas de Santo Domingo. Pero lo más importante y creativo se relaciona con el mundo campesino, ese que le sale por cada poro de la piel con fuerza entrañable.


Además de pintar, Guillo Pérez tocaba el violín.
Padre de familia
Violinista, jugador de baloncesto y, sobre todo, amante de vivir intensamente el mundo de la creación artística, el maestro Guillo Pérez se siente orgulloso por haber procreado tres familias, las cuales ha mantenido y mantiene de manera decorosa gracias a la venta de sus cuadros: “A  los 17 años contraigo matrimonio con Rosa García, con quien tuve una hija llamada Rosa Albeni. Después, me casé con Ana Rojas con quien procreé 4 hijos, Willy, Miguelina, Fanny y Angela, y actualmente mi compañera es Amalia Linares con quien tengo 4 hijos, Guillermo, Miguel, Francisco y Amalia”.
No bebe, ni fuma, ni va a teatros ni a conciertos musicales. Su hobby es pintar y “visionar cosas” como el mismo le llama al arte de pasar sus horas libres mirando fotos de pinturas universales o leyendo libros de su interés.
Su vida ha sido una espiral de transparencia que no se ha ensombrecido ni moral ni humanamente. Hombre en todas las circunstancias de la vida, ha sabido venir de abajo sin pensar demasiado en las piedras interpuestas en su camino. Como todo artista, ha tenido sus temporadas buenas y malas, pero siempre con la frente en alto y con tremenda fe en los demás. Ha logrado lo más difícil, triunfar en su país.
Vive agradecido a los coleccionistas de arte y empresarios de Santo Domingo y Santiago que generosamente han invertido, tanto en su obra y en la obra de los pintores dominicanos: “Gracias a los Grullón, a los Espaillat y a muchos otros los pintores dominicanos hemos vivido con dignidad y hemos podido realizar nuestra obra, por eso siempre les guardo mucha gratitud. Yo me he sentido siempre y me considero el Goya dominicano”.

Memorias
“Yo he vivido de piropo en piropo entre los grandes maestros y críticos de arte. Jaime Colson cada vez que me veía se deshacía en elogios. Abil Peralta, Cándido Gerón y Marianne de Tolentino han escrito maravillas sobre mi obra.
Quiero mucho a mis compañeros, a Elsa Núñez, a Bidó, a Dionisio Blanco a Rosa Tavárez y a otros más que yo admiro. Este respiro artístico y filosófico que yo tengo y que me viene de herencia, ese calor nacional histórico, me hace decir que los dominicanos somos los artistas más grande que hay en América. Este pueblo dominicano me ha querido desde que yo nací”.
“En uno de mis viajes de Santiago a Santo Domingo Justo Liberato queda impresionado por uno de mis cuadros y me lleva ante Gilberto Hernández Ortega para que se incluya en una bienal.
Entonces él me dice una frase que no podré olvidar jamás: Cuánto talento hay aquí, cuánta inquietud.. .. Y al conocerme me dijo: Se ha dado talentoso ese muchacho... sigue por ese camino”.
“Yo comencé pintando en una mesa cualquiera, en un patio, sin hora fija, pero después fui adquiriendo la disciplina, hacía los bocetos. Fui el primer dominicano que exhibió en tierra santa fui yo, y me fui solo para una montaña a las seis de la tarde para respirar allá la sabiduría de Cristo”.
“Yo dejé la pintura abstracta por razones económicas. Los pintores abstractos de mi etapa éramos Peña Defilló, Silvano Lora y yo. Después mi pintura se volvió “abstractizante. Pero yo he dejado nada, yo he seguido siendo Guillo Pérez en cada etapa de mi carrera”.
“Fui pintor abstracto y muy elogiado, por cierto. Tuve una etapa en que experimenté en la pintura abstracta con mucha constancia porque como artista nunca deseché ninguna forma. También fui fotógrafo y muralista”.